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Con las manos en el queso


Esta semana mudé de piel para convertirme en un pastor de cabras. Sí, no te sorprendas, has leído bien. Desde hace unos meses ando enfrascada en la redacción de mi nuevo trabajo, una novela ambientada hace más de quinientos años. El manuscrito avanza a buen ritmo, y ha sobrepasado las 45.000 palabras, unas ciento cincuenta páginas. Algunos escritores medimos por palabras, no por páginas, ya que estas dependerán del tipo de formato que finalmente alcance el libro impreso. Sin desvelar demasiados detalles, uno de mis personajes por vicisitudes del destino, se verá abocado a convertirse en pastor, circunstancia que me ha supuesto tener que documentarme sobre uno de los oficios más duros y sacrificados que existen. Durante un fin de semana estuve recopilando información sobre el pastoreo. Gracias a la lectura, la visualización de vídeos o el acceso a material que tengo en la biblioteca de casa (guardo como un verdadero tesoro un libro sobre las artes y los oficios antiguos en el campo) he podido hacerme una idea bastante precisa de este modo de vida.


Los pastores parten con el rebaño cada jornada a buscar buenos pastos para los animales, y lo hacen en soledad, sin otra compañía, en el mejor de los casos, que un perro dotado de cualidades para conducir y reunir al rebaño. Pasan el día a la intemperie, soportando las inclemencias del tiempo con el sacrificio que esto supone, y caminan durante horas por veredas y caminos, algunos de difícil acceso.

Aprendí que, para hacer un buen queso, es necesario calentar poco a poco los litros de leche al que previamente se le añadido un pellizco de tripa seca de cabrito que sirve para cuajarla. Mientras se va calentando despacio, no hay que dejar de batirla constantemente hacia ambos lados, porque cuando empieza a solidificarse, el truco para evitar que se corte, es remover la cocción solo para uno de los lados. Y esta labor puede durar incluso más de una hora, porque la leche ha de estar en todo momento templada. Luego, es necesario dejarlo reposar cinco minutos, y romper el cuajo para que coja consistencia. Y que si no deseas que el queso tenga agujero, no has de interrumpir la labor hasta que el cuajo haya hecho su trabajo, porque de lo contrario, tu queso saldrá adornado de numerosos agujeros. Esto no es ni bueno ni malo, solo una cuestión de gusto para el paladar.


A continuación, metes las manos en el perol y sacas la leche cuajada de la olla con extremo cuidado de no romperla, presionas la masa con fuerza para expulsar el suero sobrante, y con las yemas de los dedos, le echas sal al gusto y repartes de manera armoniosa por la pleita de soga o esparto. Cuando compruebas que ha escupido la mayor parte del líquido sobrante, ajustas el cincho para que sirva de molde. Le das la vuelta y te aseguras que todo está orden por el otro lado. Y ahora, solo te falta ponerle peso encima y esperar varias horas hasta que se solidifique. Los antiguos y pudientes solían cubrir de aceite el queso para que durara todo el invierno. Los más humildes hacían queso a diario para aprovechar el sobrante de leche del rebaño.


El oficio de escritor es una magnífica vía de aprendizaje. Como ya he mencionado antes, la labor de documentación de una novela histórica no termina nunca, y para los que adoramos esta parte del proceso, es emocionante poder escudriñar las vidas de otros hasta extremos inimaginables. Por mucho que te hayas esforzado en el proceso previo de documentación, siempre surgen, a lo largo de la vida del proyecto, numerosos momentos en el que has de investigar y estudiar para ofrecerle al lector una novela con la mejor y más ajustada versión de la realidad. Una vez que he dejado de ser pastor de cabras, ¿hacia dónde me llevarán la trama y mis personajes?


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1 comentário


Pepa Cejas Vega
Pepa Cejas Vega
19 de mai. de 2022

Estabas contando el proceso de la elaboracion del queso y ya te estaba yo viendo con las manos en la masa, hecha toda una experta!:

qué grande es el poder de la palabra cuando es grande el escritor!

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