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Jugar a ser Dios


De pequeña, encerrada en mi timidez, siempre imaginaba historias de mil vidas diferentes. Esa sensación revertía mi retraimiento y me hacía sentir poderosa, como si la imaginación pudiese derribar los muros infranqueables de la realidad, a veces no demasiada atractiva para una adolescente. Plasmar en el papel las aventuras y desventuras de los personajes me reconforta desde entonces.


La sensación de autoridad del creador de historias se asemeja a la de una divinidad capaz de moldear, sin complejo, las vidas de las criaturas del mundo en el que transcurre la trama. Escribir es jugar a ser Dios, salvando las distancias, si se me permite. Hacer y deshacer a nuestro antojo el cómo, el cuándo y el qué le sucederá al personaje es una sensación inigualable. Y ese sentimiento de autoridad es adictivo, porque cuando terminas con un proyecto, el siguiente ya te ronda en la cabeza.


Alguna vez he escuchado como todo escritor tiene un punto de genio y locura. Quizá sea verdad, porque mientras vives tú día a día, también compartes la de tus personajes. Y esa dualidad podría ser peligrosa si no tienes los pies en la tierra. Porque es habitual reflejar aspectos de uno mismo y de tus circunstancias en los manuscritos. Aquel día en el que no estuviste acertado o sufriste alguna injusticia a manos de alguien, puede verse reflejado en el mismo pasaje que escribes. No entraré en detalles, pero te puedo asegurar, que más de una vez, he vaciado mi frustración personal en la ira de algún protagonista de la novela. Y confieso, sin temor ni vergüenza, que es una terapia maravillosa. Nadie puede censurar ni reprender mi actitud, porque no eres tú quién se desquita, planea represalias o se alegra de los avatares del destino de los personajes. La venganza o el consuelo, convertidos en palabras, no hace mal a nadie y sí mucho bien a una misma, porque arranca de cuajo la raíz del dolor y deja en barbecho el corazón para plantar nuevas experiencias. Eso tranquiliza el temperamento, te hace apaciguar la consciencia y, en mi caso, logra liberarme de una gran losa.


Por este motivo, el escritor es un observador nato de cuánto acontece a su alrededor. Estudia el comportamiento de los demás, trata de analizar los gestos, la forma de vestir, de hablar, las reacciones de con quién nos relacionamos. Absolutamente todo puede tener cabida en la trama que desarrollas. Ahora, después de esta entrada del blog, aquellos que me conozcáis, tal vez deberíais ser cautos, no vayáis a sufrir la ira literaria de este Dios ofuscado o, por el contrario, convertiros en un personaje protagonista de mi nuevo proyecto.



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