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Esta semana leí un artículo interesante en una prestigiosa revista literaria sobre el exceso de oferta en libros en el mercado nacional. El 86 por ciento de los 15.000 títulos que salen al mercado anualmente, según el estudio presentado en el XXV Congreso de las Librerías, venden menos de 50 ejemplares al año. Además, solo el 0,1 por ciento consigue vender más de 3.000.


El artículo, demoledor desde el punto de vista de los libreros, pone el acento en la rotación que los títulos gozan en los estantes de las librerías, obligadas a un intercambio permanente que impide que los mismos puedan asentarse y darse a conocer al gran público. Además, proponía un pacto de todo el sector para consensuar una serie de medidas. Entre ellas, reducir el número de novedades, potenciar la calidad frente a la cantidad, marcar un objetivo de reducción de devoluciones a las editoriales o estimular el mayor margen del que podrían disponer las librerías.


Con independencia de las dificultades del gremio de libreros para hacer frente a las vicisitudes del mercado actual, entre ellas la competencia feroz del libro digital, eché en falta en el artículo el punto de vista del escritor. Las personas que creamos historias y hemos conseguido publicar con una editorial tradicional, no medimos nuestro trabajo por el número de ventas. Y sí, ahora me dirás que las editoriales no dejan de ser una empresa, y si no venden, se irán irremediablemente a pique. Esa es una de las máximas de la sociedad de consumo, y una verdad irrefutable. La línea editorial es un filtro que establece qué se publica o no en el catálogo de una determinada editorial. Esta circunstancia respalda ya de por sí la calidad del libro impreso, y deja en manos del lector el destino final de la obra. Si gusta, se venderá, y si no logra atrapar al lector, permanecerá en las librerías el tiempo estipulado, y será devuelto de manera irremediable a la editorial. Pero, para eso, tiene que estar al alcance del lector en las librerías. Salvo que seas un lector consagrado con miles de ventas, y publiques con una editorial potente que coloque tu libro en la mayoría de estanterías de España, eso no sucede con la inmensa mayoría de los escritores. Y si además eres novel, la tirada de ejemplares suele ser pequeña y, a veces, solo va saliendo bajo demanda. Y eso de encontrarte tu libro en una librería elegida al azar es un sueño inalcanzable, de momento. La memoria olvidada solo puede encontrarse bajo pedido expreso a la editorial, en alguna plataforma de Internet o, que yo sepa, en la actualidad, físicamente en solo dos librerías, una en Málaga y otra en Madrid.


De este modo, contra los grandes escritores no se puede luchar, porque el escaparate de ventas es incomparable. El único arma que tenemos los que estamos empezando en el difícil mundo de la literatura es el boca a boca. De ahí la importancia de las reseñas y opiniones publicadas en las redes sociales que difunden la novela, y consiguen llegar al mayor número posible de lectores. Un escritor afamado algún día fue novel y, en aquel momento, una editorial tradicional decidió apostar por las historias que imaginaba de su cabeza.


Por eso, cuando te acerques a una librería con la intención de hacerte con un buen libro, recorre todos los estantes, no solo los que más te asalten la vista, colmados con total seguridad de papel impreso de las grandes editoriales, y dale una oportunidad a alguien desconocido, porque quizá te sorprenda y descubras un tesoro.




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